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“Todos estábamos felices, porque Toki tenía el alma de una institución que valía la pena hacerla vivir”

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Carta del profesor Héctor Escobar: Mi estadía en Rapa Nui fue escandalosamente fantástica, alegre, visionaria, profunda en lo laboral, y muy desértica en lo que concierne al instrumento que practico.

Cuando llegué, había un intento de trabajo instrumental, pero en el fondo no había nada. Había que empezar a conversar con el aire, el mar, el calor y la belleza que expone la gran amante y hermosa Rapa Nui.

Empezamos la gestión de fichar alumnos. Se presentaban muy pocos, pero muy pocos lo que me producía un hambre negra. Al llegar la tarde, y la ausencia de candidatos a estudiar violoncelo, preguntaba ¿Qué hacemos? “Hay que visitar las escuelas”, me sugerían. Y lo hacíamos, pero cuando conocían el instrumento y lo tocaban no les producía ninguna sensación, solo era para ellos un instrumento parecido al violín que sonaba fuerte y bonito.

Para saciar la gastritis que me producía la ausencia de candidatos a estudiantes de cello, ricas eran las empanadas de un kiosko que quedaba frente a la iglesia Católica.

El mar interpretaba una melodía vestida de verde y azul, con su  ulular de olas se convertía en una verdadera canción donde se escuchaban sonidos de sirenas, tortugas marinas y atunes nadando.

Pasaron los días, los meses y el silbido del marino viento se hacía notar en la casa que habíamos arrendado. Venían los días, se iban las horas, y llegó un nuevo amanecer cargado de esperanzas musicales.

Aparecieron los candidatos ¡Todos niños entre los 6 y 9 años! Por fin el alma y el corazón del invitado sureño, este profesor de cello, sentía un hermoso entusiasmo.

Se iniciaron las clases y siguieron llegando los alumnos ¡Fue una algarabía ver como se prendían el cello a la espalda para llevarlo a casa!

Los cellistas tocaban en el grupo orquestal con amor, entusiasmo, valor e hidalguía. Toki empezó a iluminar Rapa Nui con sus sonidos y estruendos de melodías bellas que el grupo interpretaba públicamente.

Todos estábamos felices, porque Toki tenía el alma de una institución que valía la pena hacerla vivir. Vino la construcción del edificio, hermoso palacio del arte, aunque es importante destacar que la Escuela de Música no empezó allí, sino en el edificio que nos facilitaba la Iglesia.

Haber estado en Rapa Nui, pertenecer a TOKI, fue una valiosa experiencia. Amplió mi sentido de dar lo mío, para que el otro viva también contento y alegre. Al regresar al continente, lo hago feliz porque quedó brillando en el horizonte de la Isla, parte de la cultura occidental.

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